En la fotografía predominan los tonos ocres, a pesar de que la novela te lo hace ver todo gris —de hecho, en el arranque de la cinta, la voz en off nos lo indica—. Pero es un ocre tan sucio que no se aleja de lo que podría haber imaginado el lector. La aridez y la carestía están tan bien reflejadas que se respiran desde la butaca y contagian sin tardanza el sentimiento de urgencia y precariedad que invade a los personajes. No obstante, nos encontramos ante un film de gran belleza plástica, en el que los cuadros, que se componen por los desperdicios y los lugares abandonados, quedan iluminados por la luz de un sol incapaz de calentar o de dar la vida. La música de Nick Cave contribuye con el minimalismo de la puesta en escena.
Uno peculiaridad reside en no dar a conocer la razón de que los personajes se encuentren en un mundo postapocalíptico. Podría haber una serie de motivos: la erupción de Yellowstone o de cualquier otro volcán de cercana magnitud, un cometa, una guerra nuclera o un desastre ecológico creado por los seres humanos… da igual. La reflexión que sí quiere hacer el autor es otro de esas cosas peculiares que quería mencionar: ¿a qué precio deseamos la supervivencia? Queda claro que podrían seguir adelante cometiendo determinado acto, pero ¿valdría la pena? Esa noción es tan poderosa que sostiene la historia a lo largo de toda su extensión.
La interpretación de Viggo Mortensen es sublime. Se aprecia que es un actor que lo da todo por los personajes que encarna y por las películas en las que se involucra. Su implicación es tal que, con pocas palabras y sin apenas expresar lo que siente, podemos verlo en su papel sin dejar de creernos ni por un instante que esté pasando por esa experiencia y sufriendo como sufre su personaje. Kodi Smit-McPhee, que interpreta al chico, tiene en sus manos a un ser todavía más interesante. Podría parece que el niño no se ha curtido lo suficiente, dadas las circunstancias en las que le ha tocado vivir desde su nacimiento. Sin embargo, es necesario que conserve la inocencia infantil, ya que él será, no sólo el motivo por el que el hombre quiera seguir viviendo, sino también lo que le mantiene cuerdo e, incluso, su conciencia: lo único que le impide caer en la crueldad salvaje.
No se puede decir que sea una película en la que ocurran muchas cosas. Quienes esperen una entrega de terror no van a salir satisfechos tras ver ‘La carretera (The Road)’. Existen escenas que causan sustos momentáneos o que muestran acción y en ellas la tensión está muy bien llevada. Los “malos”, como el propio niño los llama, no son zombies o infectados, pero no es necesario que lo sean para que se conviertan en monstruos. Lo único que les separa a ellos, los “buenos”, de estos seres peligrosos que pueden atacarlos es una decisión y esa línea es tan fina que poco a poco se va desdibujando.
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